Un desafío de enfoque completamente manual con el Rokinon 8mm f/2.8 Fisheye II. Sin autofocus, sin estabilización, sin piedad. Cada disparo exige dominar la distorsión extrema de 180° y convertirla en composición deliberada — donde un milímetro de giro en el anillo de enfoque marca la diferencia entre una foto memorable y un desastre esférico.