2,843 días para un proyecto de 365

Empecé un proyecto fotográfico de una foto al día en noviembre de 2018. Debía durar un año. Me tomó casi ocho. Esto es lo que aprendí sobre terminar cosas cuando la vida no coopera.

El 10 de noviembre de 2018 subí la primera foto de un proyecto que debía durar 365 días. La última la tomé el 23 de agosto de 2026.

Dos mil ochocientos cuarenta y tres días. Siete años y nueve meses para un proyecto de un año.

No voy a escribir el post donde eso se convierte en una lección inspiradora sobre la disciplina, porque no lo fue. Fue lo contrario: un registro larguísimo de todas las veces que fallé y volví igual. Pero lo terminé, y creo que la versión honesta de esa historia le sirve más a alguien que la versión heroica.

El proyecto

La premisa es la más vieja del mundo en fotografía: una foto al día, todos los días, durante un año. La idea no es hacer buenas fotos. Es obligarte a mirar. Cuando sabes que hoy tienes que producir una imagen, empiezas a ver encuadres en el camino al trabajo, en la cocina, en la sala de espera del doctor. El proyecto no te enseña a usar la cámara — te enseña a no apagar los ojos.

Yo ya había hecho retos cortos antes: treinta días con un 24mm fijo, treinta con los lentes de kit, sesenta con un ojo de pez de 8mm. Todos los terminé. Un año, pensé, es lo mismo pero doce veces.

No es lo mismo pero doce veces.

El primer año fue casi perfecto

Los números de 2019 todavía me sorprenden: 141 fotos. Estaba en ritmo, tenía el hábito instalado, salía a la calle con la cámara sin que fuera un evento. Ese es el año donde el proyecto funcionó como debía funcionar.

Y después vino 2020.

Cuatro fotos

En todo 2020 subí cuatro fotos.

Cuatro.

No hace falta que explique qué pasó ese año, todos estuvimos ahí. Pero quiero ser preciso sobre cómo se siente eso desde adentro de un proyecto así: no lo abandonas un día con una decisión. Lo abandonas sin darte cuenta. Un día no sales, y no pasa nada. A la semana ya no piensas en la cámara. Al mes, cada vez que la ves sobre el escritorio sientes una culpa pequeña y molesta, y esa culpa hace que la evites más. La pausa más larga que tuve fue de 168 días. Casi seis meses sin apretar el obturador una sola vez para el proyecto.

Ahí es donde la mayoría de los proyectos 365 mueren, y con toda razón. Ya se rompió la premisa. Ya no es “una foto al día”. El proyecto, técnicamente, fracasó.

Lo que hice en vez de borrarlo

Nunca declaré el proyecto muerto. Tampoco lo reinicié desde cero, que era la tentación obvia — empezar de nuevo, con las reglas limpias, esta vez sí.

Decidí que la única regla que quedaba era que faltaban fotos para llegar a 365, y que las iba a tomar. Cuando fuera.

Suena a trampa y probablemente lo sea. Pero mira lo que pasó después de 2020:

2018    53
2019   141
2020     4
2021    19
2022    20
2023    31
2024    23
2025    36
2026    38

Diecinueve. Veinte. Treinta y uno. Veintitrés. Treinta y seis. Treinta y ocho.

Nunca volví al ritmo de 2019. Ni cerca. Pero tampoco volví nunca a cero. Durante cinco años el proyecto se movió despacio, con pausas de meses, sin épica ninguna, y siguió avanzando. Al final el promedio fue de una foto cada 7.8 días, y solo el 10.5% de los días de esos casi ocho años tuvieron una foto.

Ese 10.5% es el proyecto entero. No es la historia de alguien constante. Es la historia de alguien que no cerró la puerta.

Lo que esto tiene que ver con escribir software

Trabajo como contractor. En estos casi ocho años cambié de proyecto y de equipo más veces de las que puedo contar, y esa inestabilidad fue parte de por qué el proyecto se cayó tantas veces. Pero también me enseñó algo que aplica igual a las dos cosas.

En desarrollo estamos entrenados para pensar en velocity. Sprints, entregas, ritmo sostenido. Y para el trabajo de equipo está bien. Pero los proyectos personales no funcionan con esa métrica, y aplicársela es la forma más segura de matarlos. Un side project que avanza dos commits al mes durante tres años llega mucho más lejos que uno que arranca con cuarenta commits en dos semanas y muere.

La métrica que importa en lo personal no es cuánto avanzaste esta semana. Es si el proyecto sigue vivo. Un proyecto vivo con cero progreso este mes se puede retomar. Uno que declaraste muerto, no.

La otra cosa: el impulso de reiniciar limpio es casi siempre una forma de procrastinación disfrazada de rigor. Reescribir el servicio desde cero, migrar todo al framework nuevo, empezar el 365 otra vez con las reglas bien puestas. Se siente productivo porque es trabajo. Pero es trabajo que te devuelve al punto de partida, y el punto de partida es el lugar más cómodo del mundo porque ahí todavía no has fallado en nada.

Yo pude haber reiniciado el proyecto en 2021 con las reglas intactas. Habría fracasado igual, porque el problema nunca fueron las reglas.

Las fotos

Están todas aquí, en orden cronológico. No son un portafolio — hay fotos francamente malas ahí, sobre todo de los años flojos, y las dejé. Sacarlas sería contar la historia al revés.

También las junté todas en un video de 46 segundos, una tras otra: YouTube · Instagram · TikTok. Vistas en secuencia se nota el paso de los años más que en cualquier foto suelta.

Si las miras seguidas se nota dónde estaba bien y dónde estaba sobreviviendo. Las de 2019 tienen intención: composiciones pensadas, salidas planeadas. Las de los años del medio son más domésticas — cosas de la casa, del escritorio, de la calle de siempre. Esas son las que más me gustan ahora, aunque sean peores fotos. Son la prueba de los días en que igual agarré la cámara.

El final

No hubo un momento épico. La foto 365 fue una foto normal, un día normal, y me di cuenta del número después, revisando el álbum.

Y así está bien. Después de casi ocho años lo último que necesitaba el proyecto era un gran final. Necesitaba terminar, nada más.

Ya empecé a pensar en el siguiente. Esta vez sin fecha límite.

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